9 de enero de 2019
Dos amigos unidos por una tragedia
la fatídica tarde en que un rayo cayó en la playa y mató a sus hijos

Fabián y Fabio eran amigos desde la adolescencia. Los dos se habían casado y habían sido padres por primera vez con siete meses de diferencia. Sus esposas se habían hecho amigas, sus hijos también.

—Éramos más que amigos, éramos familia— corrige uno de ellos.

Unos y otros iban a veranear todos los años a Villa Gesell, aunque en distintas fechas. Pero eran tan amigos –tan familia– que, mientras organizaban esas vacaciones, Fabián le preguntó a Fabio: "¿Y si este año se vienen antes con nosotros?".

Partieron a fines de diciembre desde San Luis, donde vivían. Fabián Ochoa viajó con quien era su esposa, con su suegra y con sus dos hijas. Fabio Irustia viajó con su esposa y con sus dos hijos. Fueron en dos autos, felices. Volvieron en avión, destrozados: el rayo que cayó en una playa de Villa Gesell el 9 de enero de 2014 mató a Priscila, la hija mayor de Fabián y a Agustín, el hijo mayor de Fabio. Ella tenía 16 años, él 17. 

Hubo una razón por la que eligieron el balneario Afrika: los amigos y sus hijos amaban jugar al voley, y podían pasar el día entero peloteando en la cancha de beach voley del parador. Otras dos familias amigas –la de un veterano de Malvinas y la de un ex jugador de voley de La Plata–, habían alquilado carpas en el mismo lugar.

"Ese jueves amaneció nublado, pero no llovía ni corría viento", cuenta a Infobae Fabián Ochoa, 48 años, profesor de educación física y árbitro profesional de voley. "Esa mañana todos salieron a hacer compras y yo me quedé solo con mi hija: hablamos del amor, de esas cosas que las hijas casi siempre hablan con sus madres".

Fabián le hizo escuchar una canción reversionada por el DJ Avicii que un tiempo después, en pleno duelo, mandó a traducir: "Despiértenme cuando todo haya terminado", empieza el tema. 

Había caído una garúa y había parado. Fabián estaba saliendo del mar cuando se largó a llover fuerte. "Salimos corriendo hacia las carpas. Miro hacia adelante y, a unos 30 metros, veo un fogonazo, siento una explosión y todo el mundo cae al piso. Durante 3 o 4 segundos sentí como si me hubieran apagado el interruptor".

Cuando reaccionó, sintió la quemadura en el estómago. La remera tenía agujeros, como si la hubiesen quemado con cigarrillos. "Cuando miré alrededor había fácil 30 personas tiradas en la arena, muchas convulsionando". Priscilla había corrido detrás de él hacia las carpas: había caído a unos 10, 15 metros pero Fabián no la había visto.

A la primera persona que vio cuando logró pararse fue a Salma, su hija más chica, que tenía 12 años. "Estaba tirada en la arena sin respirar, no tenía signos vitales". Su experiencia como deportista y "profe" lo ayudó. Fabián le hizo una reanimación cardiopulmonar desesperada: la nena reaccionó.

A su lado, uno de sus amigos –el veterano de Malvinas– se mecía en el suelo en posición fetal. La explosión, les explicaron después, le había hecho revivir el estrés postraumático de la guerra. Lo siguiente que escuchó fue la voz de Fabio, su amigo "del alma", que lo llamaba con un grito desgarrador. —¡Fabián, mi hijo! 

Quien continúa con el relato es Fabio Irustia, 49 años, el dueño de aquel grito. "Mis hijos estaban jugando al voley. Cuando empezó a llover fuerte corrieron y se refugiaron en la primera carpa. Yo estaba ahí también. Habrán pasado 2 o 3 minutos y cayó el rayo. A mí me tiró como a 10 metros. Cuando logré reaccionar vi a mi hijo menor quieto, boca abajo, en la arena".

Ser deportista también ayudó a Fabio: le hizo respiración boca a boca y masajes cardíacos, hasta que "Santi", que tenía 9 años, reaccionó. Fabio lo alzó y lo llevó con su mujer, que había quedado aturdida en una reposera de aluminio. Fue recién ahí que se dio cuenta de que Agustín, su hijo mayor, estaba tendido en la primera carpa.

"Una amiga de él, Magui, lo estaba abrazando por la espalda. Cayó el rayo y mi hijo se desplomó sobre ella". Fue ahí que Fabio le gritó a Fabián que lo ayudara a reanimarlo. Los médicos nunca entendieron cómo Fabio pudo mantenerse en pie mientras trataba de salvar a su hijo. Después, cuando lo internaron, le explicaron que tenía las enzimas cardíacas tan elevadas que lo natural hubiese sido que tuviera un paro cardíaco

Fabio no quiso creer lo que estaba pasando. "Me di cuenta después, en la ambulancia, cuando vi que al médico que estaba tratando de reanimar a mi hijo se le empezaron a caer las lágrimas". Agustín Irustia, de 17 años, había muerto en el acto.

Pasaron segundos hasta que Fabián se dio cuenta de que Priscila, su hija mayor, estaba caída a pocos metros. Ya agotado, intentó reanimarla: tampoco reaccionó. En el recuerdo de esa tarde están las ambulancias, los patrulleros y los bomberos que no lograban entrar al parador por las calles inundadas, los gritos de los padres, los guardavidas que usaban las reposeras como camillas. "Fue muy desesperante –dice ahora a Infobae–Pienso que si tengo que vivir algo así de nuevo me suicido". 

Lo llevaron al Hospital Municipal de Villa Gesell con su hija menor en la caja de una camioneta policial. Estaba vivo "de casualidad", le explicó el jefe de urgencias cuando le vio las quemaduras del abdomen: "Cinco centímetros más arriba y te reventaba el corazón". A quien era su esposa la llevaron en el asiento trasero de otro patrullero con Priscila.

"Yo estaba en el shock room tapado con colchas, por la hipotermia, y pregunté por Priscila. Me dijeron: 'Preocuparte por vos, tu hija está en terapia'". El rayo había caído a eso de las 4 de la tarde: Priscila murió al día siguiente a las 10 de la mañana. "Si nos hubieran dicho que estaba tan mal tal vez podríamos habernos despedido de ella con vida", lamenta.

Hubo ese día otros dos jóvenes que murieron: Nicolás Elena, de 19 años, el "noviecito" de la hija del ex combatiente de Malvinas, oriundo de un pueblo llamado Henderson. Y "Gabito" Rodriguez, de 20 años, de 9 de julio.

Salma, la hija menor de Fabián, pasó cuatro días internada en el Hospital de Niños de Mar del Plata. "El rayo entró por un pie, subió por un costado del cuerpo y le afectó un ojo", cuenta su papá. "Santi", el hijo menor de Fabio, cayó en la arena boca abajo, y también tuvo problemas en la vista. ¿Cómo siguieron sus vidas después de la tragedia? "Todo ha sido muy cuesta arriba", contesta Fabio. Al principio, dejó de ir a trabajar (tiene un negocio de telefonía celular), la economía de la casa empezó a andar mal, no quería estar con nadie. Su mujer era, en ese momento, la más fuerte. 

Fue Santi, el hijo de 9 años que sobrevivió, quien lo hizo reaccionar: "Él era muy pegado a su hermano. Y un día se puso a llorar y dijo que lo extrañaba. Después me preguntó: 'Papá, ¿por qué me salvaste a mí primero? Tal vez si hubieras ido primero con Agus él estaría vivo y vos no estarías tan triste'. Ahí dije: '¿Qué estoy haciendo?'. Estoy destruyendo a mi sostén", cuenta, y el llanto se vuelve inevitable.

Fabio empezó terapia y, con el tiempo, volvió al club. Ahora, cinco años después, es su mujer quien sufre ataques de pánico y depresión. "Es como que el rayo sigue siempre ahí", dice.

"Todos los días lo pienso: '¿Cómo pasó esto?', es ilógico. Yo estaba al lado, había gente mayor que sobrevivió. Es como si el rayo hubiera elegido a nuestros niños. Todavía no he podido reconciliarme con Dios". 

Fabián también siente que el rayo se llevó mucho más de lo obvio. En 2015, después de 23 años de relación, se separó. "No he encontrado consuelo. Yo he perdido todo: tenía una familia, un hogar constituido. Ahora volví a vivir con mi vieja, ese rayo me ha dejado solo".

Lo que sobrevivió a la tragedia fue la amistad de Fabio y Fabián. El voley los sigue uniendo: es su lugar de calma. Los dos son directores técnicos, y sus alumnas y alumnos aman el voley como lo amaban sus hijos. Hoy Fabio es el presidente del club atlético Lafinur; Fabián, el vice. Fuente Infobae



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