10 de enero de 2017
La triste historia de Antonio
Que trabajó desde los 11 años y su jubilación apenas le alcanza para la prepaga

Antonio Emilio Palopoli, ciudadano argentino, 67 años, Documento Nacional de Identidad 7.835.694, fue (y es) "Uno más en la colmena", como cantaba Eladia Blázquez recordando a su padre: "Las manos limpias / el alma buena".

Como tantos nativos –la vida nunca fue fácil en la tierra del ganado abundante y las mieses alfombrando los campos, como lo recordaba una remota monedita dorada–, Antonio empezó a trabajar a los 11 años: antes de terminar la escuela primaria, y cuando las manos no tienen callos: sólo la marca del lápiz o la lapicera entre el dedo mayor y el índice…

 

Recuerda, a veces, cuando la bronca le pone al rojo el medidor de carácter, que en ese más de medio siglo de parar la olla y pagar impuestos obligatorios (la jubilación) para que el país progresara (escuelas, hospitales, universidades), mucho de ese dinero fue a bolsillos non sanctos y a ollas opulentas.

Porque pobres hubo siempre, reza un dicho… y corruptos también. Estos, corregidos y aumentados, década a década.

Por fin, en junio de 2015 "se acogió a los beneficios de la jubilación": lugar común y pieza antológica del sarcasmo…

Jubilado como autónomo con el mínimo (llamarle "haber" es otra tropelía): 3.700 pesos…, cuando hasta mayo del mismo año aportó a la caja… ¡3.160!
Neto a favor: 540 pesos.
Lisa y llanamente, un desplume.
Aunque hay otra palabra: empieza con "e", y termina con "stafa".

Todo sea por la patria que los próceres nos legaron, y las pandillas políticas y militares se la engulleron como el dios grecorromano Cronos: el que se comía a sus hijos para que no le arrebataran el poder…

Sin proferir una queja, rumiando contra la almohada, Antonio aportó a la Cajita Feliz (para otros) a lo largo de 38 años bien contados. Y los últimos 8, en la categoría máxima.

Quiso la Providencia (en realidad, sus padres antes de morir), que Antonio recibiera como herencia más de una propiedad.

Pero en lugar de embarcarse en avión y/o crucero y darse un más que merecido gustazo, el hombre se las cedió a sus hijos para que pudieran formar su propia familia.

Ni siquiera necesitó hacer cuentas.
Argentina hoy (y desde hace años): fácil ecuación. Trabajador + sueldo + alquiler + comida + colegio de los chicos = cero.

Ojalá que no.
Pero Antonio, a sus 67 años, y su mujer, han entrado ya en la edad en que la cuenta de la farmacia duplica o triplica la de los placeres.

Ergo: debe afrontar una prepaga.
Monto mensual: 4.200 pesos por ambos. Con los consabidos aumentos…

¿PAMI? Ni pensarlo.
En sus cavilaciones nocturnas, y a la luz de la realidad, sabe que si acude al PAMI (el de Antonio es filial Mar del Plata)… puede darse por muerto: turnos, nunca menos de 40 días, y el Hospital de la Comunidad, sin cupo para jubilados desde hace inmemoriales años.

En esos días de obligado balance, la presión arterial de Antonio tiende a subir un par de puntos.
¡Cuidado, Antonio!

Pero, ¿cómo no?, cuando piensa qué fácil es tomar decisiones en una lujosa oficina con aire acondicionado (a 24, como pide el gobierno, o a 18, que, como ciertas bebidas, refresca mejor), sillón mullido, auto con chofer mañana, tarde, noche, sábados, domingos y fiestas de guardar…

Tan fácil como decir "esto se corta", o "los que nunca trabajaron también tienen derecho a jubilarse" (¡!), y (pero no en voz alta y ante testigos), "si a los que aportaron no les gusta, ¡que se jodan!".

Y el funcionario en cuestión actúa y piensa según la pura verdad.
Los idiotas, los enemigos de la patria, nunca llegarán a entender la Filosofía Nacional y Popular…

Consejo para Antonio.
Deje de pensar en fortunas súbitas, en cajas fuertes ocultas, en bolsones voladores llenos de dólares, en corrupción norte-sur-este-oeste, en mafias.
Porque la presión arterial no perdona.

Remanso.
Jura, Antonio, que votó a Macri "ciegamente". 
Pero lo ha picado un mosquito.
No el del dengue, el zika y la chikungunya.
Peor: el mosquito de la decepción.
Siente, sombrío, que todo seguirá igual para los jubilados honestos, y mucho mejor para el otro bando.

Por eso, esta mañana, a pesar de esa mezcla de bronca y depresión, decidió volcar la pesada carga de su mochila.
Le escribió una larga carta a Carlos Javier Regazzoni, médico, político y director ejecutivo del PAMI.

Quizá, en el fondo del túnel, titile una luz.
Regazzoni ha prometido cortar subsidios inmerecidos "a gente que veranea, y remedios gratis a personas que, por ejemplo, tienen un yate".

Es posible que el justo rencor de Antonio y las promesas de Regazzoni empiecen a circular por la misma vía.
Y sin chocar.



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