3 de junio de 2019
UNA LEYENDA QUE SIGUE VIGENTE
Cuando el diablo anduvo caminando por Darregueira

Tres testigos presenciales dan su versión de un aparente episodio de posesión diabólica, acaecido en la localidad puanense sobre fines de la década del 70. 

 La historia me la refirió en Bahía Blanca, una joven de Bordenave hija de una presunta testigo presencial. Durante muchos años había sido un secreto a voces. Los hechos ocurrieron en algún momento a fines de 1977 o quizás 1979, y plantean el eterno e inclaudicable enfrentamiento más antiguo del universo: la luz contra la irredenta oscuridad. 

   El escenario es la ciudad Darregueira:  la protagonista, una mujer sin igual; curandera, amada por muchos coterráneos. Dicen que era santa, que jamás cobró un centavo por su “talento” y que en ocasiones extremas, sacaba de los pliegues de su vestido negro una cruz de plata que, según los parroquianos, había sido bendecida en la Santa Sede. Su apellido se pierde en la noche de los tiempos; tal vez de origen vasco, Lardizabal, Oyarzabal o Irrazabal; lo que si se sabe fehacientemente es que la “Abuela de Darregueira” (algunos dicen que su nombre era ‘Romana’, y así la recordaremos en este extraño anecdotario) oteaba el horizonte desde su humilde y orgullosa chacra, siempre escudriñada por muchos e inesperados visitantes, porque todas las curas a las dolencias humanas pasaban por sus manos perfumadas con ajo, cilantro y jengibre. También le atribuían un presunto origen zíngaro, quizás por cierta inconfesable cartomancia. Sin embargo ella, Doña Romana, católica declarada y orgullosa, portadora del don de la sanación, se arrodillaba a la vera del camastro antiguo y desvencijado cada noche para agradecer a su diosito por tal privilegio.

   Pero un día inmemorial, un día más entre curaciones de empacho y culebrilla, ocurrió un hecho inesperado. Esa jornada, solo diferenciada del resto por la posición de las nubes de andamiaje púrpura frente al llano del oeste, llegó una familia que sería imborrable. La madre, altanera pero taciturna; el padre, desesperado y servil, se mostró cargando una jovencita de trece primaveras que convulsionaba y que apenas pisó la granja darregueirense, lanzó una sarta de insultos para Doña Romana, sin haberla visto jamás. Riendo, con una voz áspera, gutural y tan añeja como la de la serpiente en el Árbol del Bien y del Mal, la adolescente se contorsionaba espasmódicamente.

   Romana, quien estaba curando rutinariamente un mal de ojo, notó que al caer la gota de aceite en el plato de losa comenzó a burbujear al tiempo que expelía un fuerte olor a azufre. Tranquila, la abuela santiguó el plato, bajó el fuego de la hornalla de la cocina y se encaminó a la puerta. Desde afuera, la familia que llegó vio una figura pequeña, con cara de resignación y bondad natural que, secándose las manos con un repasador hecho jirones, les sonreía al tiempo que le aclaraba a la madre:

   “No se haga problema mí ´ja, me llama porque seguramente nos conocemos hace tiempo”, habría expresado la anciana ante el desconcierto de los presentes. 

   Un cartero de Adolfo Alsina, que solía asistirla los fines de semana, asegura que despejó la casa, pidiendo a todos que la esperen afuera o en los autos (más de treinta vehículos acampaban en su tierra) porque debía “trabajar mucho” con la nena recién llegada. 

   La pequeña de la familia, de nombre Ofelia, se erguía con autoridades que no eran de este mundo: insultaba a Doña Romana, la agredía con voz de hombre y en antiguos e indescifrables argots. Mientras ordenaba llenar unos fuentones con agua caliente, se lavaba las manos en ajenjo y recitaba pasajes de la Biblia, Doña Romana le respondía, breve y sentenciosamente, en lenguas muertas. 

   La sabia mujer, analfabeta pero infalible, comenzó el ritual de exorcismo. Llamó a cuatro hombres fornidos de entre sus visitantes y les pidió que entre ellos traten de sostener a la pequeña niña poseída. No solo apenas pudieron retenerla, sino que no llegaron a impedir que se abalance contra la anciana para agredirla físicamente. Con la frente lacerada pero un temple sagrado, Doña Romana se levantó con la cruz en alto y prosiguió como si no hubiese ocurrido nada. Habían comenzado antes de anochecer y hasta el amanecer los movilizados hombres y mujeres que aguardaban afuera, veían con temor la mortecina oscilación de la luz de la casa.

   De repente, se abrió estrepitosamente la puerta y los ojos desacostumbrados de los testigos vieron escapar a la muchacha con laceraciones en brazos y piernas, saltando como animal hacia el estanque circular y de chapa frente al ingreso de la vivienda. Los hombres corrieron detrás de ella y, lentamente pero con paso firme, Doña Romana se sumó a la persecución. Debajo del alero de la casa se paró. Parecía una imagen religiosa: tenía una cinta roja en la mano izquierda y en la derecha el crucifijo en alto. Susurraba incomprensibles palabras que la muchacha parecía escuchar y gritar por ello. Sumergida hasta la cintura, Ofelia se tapaba los oídos y maldecía.

   De repente hubo silencio. Los testigos afirman que hasta la muchacha pareció callar y mirar con desesperación a la anciana. Los hombres que la habían sostenido para poder llevar a cabo el exorcismo, sintieron terror, pero ya no por la adolescente, sino por la expresión de ésta. Con los ojos desmesuradamente abiertos, señalaba a Doña Romana. La Curandera amada por todos, levantó la vista serena y su voz se escuchó en el silencio del día naciente:

   “Habrase visto”, exclamó al tiempo que chasqueaba la lengua y se frotaba la frente. “¡Pero si sos vo´ Belial! ¡Afuera!”.

   La orden de la anciana recorrió el aire con la furia de un reguero de sombras. La joven gritó hasta que las comisuras de la boca comenzaron a sangrarle. Se dice que al grito sucedió un llanto inocente y de éste, nuevamente el semblante inocente de Ofelia. También se comenta que los hombres entraron a las aguas para sacarla y abrigarla, entre la emoción desbordada de todos los presentes. Refieren que al acercarla a Doña Romana, Ofelia la abrazó sin consuelo y que la salida del sol, barrió el púrpura que pretendía impedir el alba añorada.
También dicen que los demonios perecen al ser confrontados por su nombre. 

   Son sólo historias, leyendas urbanas, noticias de un ayer cercano que a veces querríamos que no haya sido cierto, porque la verdad sería muy difícil de sobrellevar, tanto como las lágrimas de Ofelia, hoy con sus hijos, recordando a la mujer que la salvó. Una humilde y irrepetible “Abuela de Darregueira”. Fernando Quiroga / fernandodepunta@gmail.com
Especial para "La Nueva."



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