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22 de noviembre de 2020

Cinco lecciones que podemos aprender de las vacaciones de verano europeas en pandemia

Entre listas rojas y protocolos, los meses de temporada alta en el Viejo Continente fueron atípicos. ¿Qué podemos aprender de ellos?

Si alguna ventaja tenemos en el hemisferio sur americano con relación al COVID-19, es que podemos observar, como en una película, los fenómenos por venir. Vimos con cierta indiferencia, y de manera poco prudente, que Europa se contagiaba a principios de febrero; y creímos que a nosotros no nos pasaría. Luego, cuando el virus se esparció en América Latina, también vimos cómo en España e Italia, los dos países más golpeados, descendía la curva de contagios y asomaba una luz al final de túnel. La esperanza se intensificaba por la llegada del verano, temporada que históricamente ese adversa a los males estacionarios, como la gripe y el resfrío.

Es probable que, tal como señaló el filósofo Slavoj Žižek, la luz al final del túnel no fuera sino un tren que se aproximaba de frente, pero eso se supo después. Tras meses de encierro estricto, entre mayo y junio, las autoridades españolas, italianas y francesas comenzaron un proceso de reapertura. El aplanamiento de la curva de contagios acompañaba, y las vacaciones eran necesarias, no solo por motivos de recreación: el turismo representa un 3,9 por ciento del producto bruto interno de la Unión Europea de forma directa, y más del 10 por ciento de forma indirecta. Además, proporciona fuentes de empleo directo a casi 12 millones de personas, y trabajo indirecto a otros 15 millones. En España, cuyas paradisíacas playas suele visitar el norte del continente ―un viejo esquema sostiene que la producción fuerte está en Alemania e Inglaterra, pero que, para divertirse, no hay nada como Francia y España―, el turismo representa el 15 por ciento del PBI. Los casos de contagio volvieron a aumentar, pero, al menos, lo hicieron después de que el destino se compadeciera y otorgara unas vacaciones de COVID-19 a sus habitantes, muchos de los cuales aprovecharon para viajar a las playas de siempre, mientras que otros buscaron los lugares más seguros para disfrutar de unos días al sol. Por eso, y ante este escenario, hay una serie de acciones y desplazamientos producidos en temporada de vacaciones que conviene mirar de cerca para aprender de ellos. 

LA CONFECCIÓN DEL “SEMÁFORO”

Dado que el continente es pequeño y el desplazamiento entre países es muy accesible, la Comisión Europea adoptó un modelo acorde a sus características. El 15 de junio, presentó un protocolo regional, llamado “Re-open EU”, que ofrecía información esencial sobre las zonas con circulación permitida, fronteras y medidas de salud para el turismo en territorio europeo. Todo estaba explicado y diagramado en una app móvil en la que se podía consultar información específica, a través de un mapa interactivo con las medidas nacionales aplicables, así como asesoramiento práctico para quienes visitaban un país determinado. 

MAYORES LIBERTADES IMPLICAN MAYOR RESPONSABILIDAD CIUDADANA

Además de la organización como región y no como Estados separados, lo significativo de la creación de “Re-open EU” es que concibe a un ciudadano responsable e informado, que decide con amplios márgenes de libertad y bajo su propio riesgo qué tipo de vacaciones desea tener, dejando de lado –al menos por el momento– al Estado protector e intransigente que determina aislamientos sin posibilidad de diálogo. En otras palabras, en medio año, el ciudadano europeo pasaba de ser un niño incapaz de tomar decisiones a un adulto maduro y responsable de sus actos.

Asimismo, a partir del 30 de junio, la Comisión Europea comenzó a permitir el ingreso de pasajeros no esenciales a la UE, siempre que provinieran de países previamente aprobados, como Uruguay, China, Australia, Nueva Zelanda y Japón, entre otros. 

TARDE O TEMPRANO, VA A SER NECESARIO EL TAPABOCAS

Una vez empezado el desplazamiento vacacional, las autoridades de los distintos Estados asistieron con preocupación a un fenómeno que no podían detener de facto: las rutas desbordaban de vehículos, en las playas no siempre se respetaba la distancia mínima. En Alemania, muchos decidieron reemplazar su tradicional viaje a España por destinos menos peligrosos, como las playas del mar del Norte y del Báltico, que colapsaron. También se vio gente aglutinada en lagos de ciudades importantes como Berlín. Con respecto a las medidas individuales, el protocolo indicaba el uso obligatorio de tapabocas en espacios cerrados, como bares y comercios, pero no en la vía pública. En España, debido al incremento de casos, se implementó el uso obligatorio de tapabocas, incluso en la vía pública. La medida fue adoptada primero por Cataluña y el País Vasco, y luego por el resto del país. En determinados sectores, el tapabocas era obligatorio incluso en la playa, mientras que, en otras localidades, se aclaró que, en la playa, podía prescindirse de él porque era una actividad “incompatible” con el consumo de bebidas y la exposición al sol. En Francia, el tapabocas también se volvió obligatorio. Así lo dispuso el ministro de Salud, Olivier Veran, que aclaró: “Esto se refiere a tiendas, edificios abiertos al público, mercados cubiertos y bancos”. La medida procuraba adelantarse a las complicaciones que pudieran suscitar las vacaciones de verano. 

LAS REGLAS PUEDEN CAMBIAR DE UN MOMENTO A OTRO

A fines de julio, algo cambió. El Reino Unido tenía un sistema de semáforos por medio del que se indicaba qué países eran seguros para viajar y cuáles no. Mientras miles de ingleses estaban echados en sus reposeras, el país de Boris Johnson, ubicado en el puesto número 10 de los países con mayor cantidad de infectados, comunicó que, frente a un aumento de casos en España, era posible que quienes veraneaban en sus costas tuvieran que hacer una cuarentena obligatoria de 14 días al volver. Pedro Sánchez, presidente de España, calificó la medida de “injusta”. 

Las protestas fueron inmediatas: si algo no soporta un ciudadano inglés, es el cambio en las reglas de juego. La paradoja es que, en las reglas, estaba implícita la posibilidad de que todo cambiara de un momento a otro. Como resultado, muchos turistas debieron decidir si posponer, cancelar o continuar con sus viajes, y resignarse a dos semanas de cuarentena al regresar. Mientras tanto, la decisión de dejar fuera a España de la lista de países seguros puso en tela de juicio la propia idea del semáforo, ya que, al fin y al cabo, toda disposición corría el riesgo de ser efímera.

Unas semanas más tarde, Francia se sumó a la lista de países inseguros del Reino Unido. El fenómeno fue similar: una multitud de veraneantes británicos que ven la escapada al territorio franco como un ritual de todos los años puso el grito en el cielo, y las autoridades de Francia amenazaron con devolver el gesto e imponer cuarentena para quienes proviniesen de Gran Bretaña. 

PUEDE HABER (Y MUY PROBABLEMENTE) UN REBROTE DE CONTAGIOS

La temperatura descendió y la estación pasó, pero las restricciones de movilidad debido a los rebrotes en múltiples puntos europeos en simultáneo aumentaron. Eslovenia agregó a Croacia, su principal fuente de turismo, a la lista roja. Bélgica agregó a Malta como país de riesgo, junto a Dinamarca, Finlandia, Lituania, Bulgaria y el Reino Unido. Noruega, por su parte, agregó varios a Grecia, Irlanda y Austria. Al día de hoy, países como Alemania e Italia anunciaron que impondrían nuevas restricciones para morigerar la suba de contagios.

Las vacaciones en tiempos de pandemia causaron tanto o más estrés que el que buscaban reducir, pero, tal como indican las fotos de miles de europeos en las playas, tal vez valga la pena el intento, siempre que se tenga en cuenta que todo pende de un hilo. *Esta nota fue producida y escrita por un miembro del equipo de redacción de DEF Fuente Infobae

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